Por Alberto Peláez
En política se ha puesto de moda vender cualquier retroceso como si fuera avance. Nos hablan de “cambios”, de “transformaciones”, de “nuevos tiempos”, pero cuando uno baja del discurso a la realidad, lo que encuentra es otra cosa: una reversa disfrazada. Porque sí, cambiar puede ser avanzar… pero también puede ser retroceder. Y eso es exactamente lo que está pasando.
El dominicano no necesita que le expliquen teorías económicas. Le basta con ir a echar combustible. Cada vez que se para frente a una bomba, siente el golpe directo al bolsillo. Los precios de los combustibles no solo están altos, están desconectados de cualquier lógica que la gente pueda entender. Cuando el combustible sube, sube todo: el transporte, los alimentos, la vida entera.
En una bomba cualquiera, un motorista saca 200 pesos del bolsillo, los entrega y se queda mirando la aguja como si esperara un milagro. No sube casi nada. A unos metros, un chofer comenta en voz baja que ya no le da para completar la ruta. Nadie discute. Todos saben que es verdad. Eso no es cambio, eso es retroceso.
Pero el problema no se queda ahí. Los servicios básicos, que deberían ser la base mínima de cualquier gestión pública responsable, vienen deteriorándose sin explicación convincente. El agua falla en sectores donde antes llegaba con más regularidad. La recogida de basura se vuelve intermitente. La salud pública sigue cargando con las mismas carencias de siempre, pero con menos capacidad de respuesta. Eso no es un fallo aislado, es un deterioro sostenido que el discurso oficial intenta maquillar.
A eso súmale el costo de la comida. Ir a un colmado o a un mercado se ha convertido en un ejercicio de cálculo y frustración. La gente ya no compra lo que necesita, compra lo que puede. Y eso no es desarrollo, eso es sobrevivencia.
En un colmado de barrio, una mujer con una lista en la mano empieza a tachar productos mientras hace cuentas mentales. Pregunta precios, duda, vuelve a mirar el dinero. El colmadero le dice que eso subió esta semana otra vez. Al final, ajusta la compra como puede: “dame medio de esto y quítame aquello”. Sale con menos de lo que fue a buscar. Así no se avanza, así se pierde lo poco que se había logrado.
El transporte, que debería ser una solución, se ha convertido en otro problema. El Metro de Santo Domingo y el Teleférico, que en su momento fueron símbolos de modernidad, hoy muestran señales claras de deterioro. Fallas constantes, retrasos, sobrecarga. Mientras tanto, el transporte público tradicional sigue en crisis, sin organización, sin condiciones dignas para el ciudadano. Y en las paradas, las filas largas, los retrasos y el pasaje subiendo sin explicación ya son parte de la rutina, personas resignadas a esperar sin saber a qué hora van a salir de ahí. Cuando lo anormal se vuelve rutina, el país no está avanzando, está repitiendo errores que ya había superado, y el tiempo de la gente sigue perdiéndose sin que a nadie le importe.
Y como si fuera poco, regresaron los apagones con una frecuencia que mucha gente pensó que era cosa del pasado. La inseguridad también se siente más cerca. La delincuencia no es una percepción, es una conversación diaria en los barrios, en las casas, en las esquinas. Y los apagones volvieron a lo de antes: comida dañándose y la misma frase de siempre, “otra vez se fue”. Eso no es nostalgia del pasado, es el regreso de un problema que se suponía superado.
En medio de todo esto, la juventud dominicana sigue esperando. Esperando oportunidades reales, no discursos. Esperando espacios donde puedan crecer, trabajar y construir un futuro sin tener que irse del país o resignarse a la informalidad. Pero lo que encuentran es un sistema que no los absorbe, que no los prioriza y que muchas veces los ignora. Cuando un país no le abre espacio a su juventud, no solo se estanca, empieza a cerrar sus propias oportunidades.
Aquí es donde hay que decirlo sin rodeos: no todo cambio es progreso. Hay cambios que son retrocesos, aunque se vendan con buena publicidad. Y lo que estamos viendo hoy tiene más de reversa que de avance.
Y cuando todo eso se junta, deja de ser percepción y se convierte en realidad.
Porque al final, la gente no vive de discursos, vive de resultados. Y cuando los resultados no aparecen, la narrativa se cae sola.
Antes estábamos bien, pero nos engañaron diciendo que todo estaba mal, ahora todo está mal y nos venden el sueño de que todo está bien.
El autor: Dirigente político y comunicador

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