Por Noel Alberto Suberví Báez 


La Semana Santa en Barahona vuelve a dejar un balance que merece ser analizado con serenidad. Más que un simple feriado, es un momento que pone a prueba la capacidad de la provincia para recibir visitantes, dinamizar su economía y proyectarse como destino turístico.

Este año, en términos generales, los resultados fueron positivos. Se sintió la presencia de visitantes y eso tuvo un impacto directo en distintos sectores: desde hoteles y restaurantes hasta pequeños negocios informales que dependen en gran medida de estas fechas. Los destinos tradicionales, como San Rafael y Los Patos, mantuvieron su protagonismo y confirmaron, una vez más, el valor natural que tiene la zona.

Sin embargo, uno de los elementos más interesantes de esta Semana Santa fue la apertura hacia nuevas dinámicas. Lugares como El Copey en La Ciénaga y el balneario La Chorrera en Enriquillo fueron éxitos rotundos, comenzaron a recibir una mayor cantidad de visitantes, lo que evidencia que el interés por explorar va más allá de los puntos tradicionales.

A esto se suma el crecimiento de nuevas formas de alojamiento, impulsadas por plataformas como Airbnb, que han permitido a muchos visitantes optar por hospedajes alternativos en comunidades y zonas menos concurridas. Este cambio no solo amplía la oferta disponible, sino que también distribuye mejor el flujo de personas y genera oportunidades económicas en sectores que antes no participaban directamente del movimiento turístico.

También es justo reconocer que hubo avances en materia de organización. La presencia de autoridades y organismos de socorro fueron más visibles, y aunque siempre hay espacio para mejorar, se percibió un mayor nivel de control en comparación con años anteriores.

Ahora bien, junto a estos avances, persisten desafíos que se repiten y que requieren atención más decidida. La gestión del tránsito en momentos de alta concurrencia sigue siendo uno de los puntos débiles. De igual forma, la acumulación de desechos sólidos en playas y espacios públicos evidencia tanto fallas en la logística como una falta de conciencia ciudadana que no puede seguir ignorándose.

El crecimiento del comercio informal es otro aspecto que merece una mirada más estructurada. Si bien forma parte del dinamismo económico de la provincia, su desarrollo sin orden termina afectando la experiencia del visitante y la imagen de los espacios públicos.

A esto se suma un tema de fondo: la infraestructura. El aumento sostenido de visitantes no ha sido acompañado al mismo ritmo por mejoras en servicios básicos, señalización, parqueos y facilidades adecuadas. Si Barahona aspira a consolidarse como un destino competitivo, este es un punto que no admite más postergaciones.

Mirando hacia adelante, la Semana Santa debe asumirse como una oportunidad de aprendizaje. No se trata solo de evaluar lo ocurrido, sino de traducir esas lecciones en planificación concreta. La articulación entre autoridades, sector privado y comunidad será clave para dar el siguiente paso.

Barahona tiene un potencial evidente, pero el reto está en cómo se gestiona ese potencial. Cada año deja señales claras. La diferencia la marcará la capacidad de convertirlas en acciones sostenidas en el tiempo.