Por: Xavier Carrasco
La desaparición de la niña de tres años Brianna Genao Rosario, ocurrida el pasado 31 de diciembre en la comunidad de Barrero, municipio de Imbert, provincia Puerto Plata, ha dejado al país sumido en una mezcla de angustia, incertidumbre e indignación. A medida que pasan los días, las preguntas superan con creces las respuestas, y la sensación de que algo no encaja se vuelve cada vez más persistente.
En un primer momento, las autoridades informaron que unos tíos de la menor habrían confesado haberla violado y lanzado su cuerpo a un río. Sin embargo, esas supuestas declaraciones nunca fueron presentadas públicamente ni sustentadas con pruebas. Posteriormente, los familiares fueron liberados al no encontrarse ningún elemento que los vinculara con la desaparición. Hoy, la niña sigue sin aparecer y el caso continúa rodeado de contradicciones.
Ante la gravedad de la situación, el Buró Federal de Investigaciones (FBI) mostró su disposición de integrarse al operativo de búsqueda, lo cual se materializó esta semana con la llegada de agentes estadounidenses a la zona. Su presencia, lejos de tranquilizar por completo, refuerza la percepción de que estamos frente a un caso de extrema complejidad y posible trascendencia internacional.
Más allá de este hecho puntual, hay una preocupación mayor que no puede ni debe ser ignorada: la creciente amenaza que enfrentan nuestros niños en la República Dominicana. Hablar de esto me remite inevitablemente al trágico caso de Carla Massiel Cabrera Reyes, la niña de 10 años desaparecida en junio de 2015 en el sector Los García. Su historia estremeció al país cuando, más de un año después, se conoció la verdad, fue secuestrada, asesinada y despojada de órganos, según confesó la persona que hoy cumple condena por su participación en el crimen.
Ese caso dejó al descubierto una realidad que muchos prefieren no mirar de frente, la existencia de redes criminales capaces de traficar con la vida de los más vulnerables, con la complicidad directa o indirecta de personas cercanas a las víctimas. De no haber sido por una confesión, la verdad sobre Carla Massiel quizá nunca habría salido a la luz.
Ante este contexto, resulta inevitable preguntarse: ¿podría el caso de Brianna Genao Rosario estar vinculado a una estructura similar? No soy investigador ni pretendo emitir conclusiones definitivas. Sin embargo, los patrones, las inconsistencias y el silencio que rodea este caso despiertan alarmas legítimas. Ya hemos vivido una historia parecida y sabemos cómo terminó.
También inquieta profundamente la cantidad de niños desaparecidos de los que nunca volvimos a saber nada. ¿Dónde están? ¿Quién responde por ellos? ¿Qué intereses se esconden detrás de esos silencios prolongados?
La hipótesis inicial sobre una supuesta violación por parte de familiares podría haber servido, consciente o inconscientemente, como un elemento de distracción que desvió la atención del fondo del problema. De lo que sí estoy convencido es de que, aunque no hayan tenido contacto directo, personas cercanas a la niña saben qué ocurrió o qué está ocurriendo con ella.
Estos hechos suelen tener un denominador común; la traición desde el entorno más íntimo. No siempre el peligro viene de afuera; muchas veces se gesta dentro del círculo familiar o comunitario, donde la confianza debería ser un refugio y no una amenaza.
Cada día resulta más difícil saber qué hacer para proteger a nuestros hijos. El peligro acecha sin miedo, desde afuera y desde adentro. Y ante esta realidad surgen preguntas que duelen, pero que debemos atrevernos a formular:
¿A dónde llevan a un niño cuando es raptado?
¿Para qué raptan a un niño?
¿Qué se obtiene del rapto de un niño?
Tal vez no todos conozcamos las respuestas, pero hay una verdad incuestionable; nunca es para hacer el bien, nunca es para ofrecerle un futuro digno, y nunca es por amor.
Como sociedad, estamos obligados a mirar de frente estas tragedias, porque cuando un niño desaparece y el silencio se impone, no solo se pierde una vida, se pierde también un pedazo de nuestra humanidad.

0 Comentarios