POR RAFAEL MENDEZ
Identificar al aliado potencial y diferenciarlo del adversario principal, en una determinada coyuntura, constituye una condición polÃtico-estratégica indispensable para todo jefe polÃtico o militar. En polÃtica, como en la guerra, no basta con tener fuerza, discurso, estructura o presencia territorial, porque todo eso podrÃa diluirse cuando una organización o un lÃder confunde la contradicción principal con una contradicción secundaria.
Ese riesgo parece gravitar hoy sobre la Fuerza del Pueblo y el Partido de la Liberación Dominicana, dos organizaciones que compiten por un segmento electoral parecido, pero arrastran heridas polÃticas que, en vez de cicatrizar, se mantienen abiertas y sangrantes, aun cuando ambas disputan liderazgo dentro de una franja opositora que, de continuar fragmentada, podrÃa facilitar al Partido Revolucionario Moderno la administración del conflicto entre sus principales adversarios.
La Fuerza del Pueblo y el PLD no son organizaciones idénticas, ni tienen por qué ocultar sus diferencias, sus heridas ni sus disputas por liderazgo, pero tampoco deberÃan actuar como si el adversario principal de una fuera la otra, porque ambas provienen de una misma matriz polÃtica, comparten parte de su electorado y se mueven en una franja social que difÃcilmente podrá derrotar al oficialismo si llega dividida, resentida y agotada a las elecciones de 2028.
El problema no está en que compitan, porque la competencia forma parte natural de la polÃtica, sino en que esa competencia se transforme en una guerra de desgaste permanente, con lo que cada ataque, cada descalificación y cada intento de reducir al otro puede terminar produciendo un efecto boomerang, fortaleciendo indirectamente al adversario que administra el poder, mientras la oposición se entretiene en ajustar cuentas con su propio pasado.
Cuando dos fuerzas opositoras que comparten una base electoral parecida se colocan una a la otra como blanco permanente, corren el riesgo de regalarle al partido gobernante una ventaja estratégica que no siempre obtiene por méritos propios, sino por la incapacidad de sus adversarios de establecer prioridades, ordenar sus diferencias y comprender que en polÃtica no toda rivalidad debe convertirse en ruptura definitiva.
Ese error se vuelve más costoso cuando el paÃs enfrenta deterioro de servicios públicos, endeudamiento creciente, promesas incumplidas, inseguridad ciudadana, crisis educativa y pérdida de confianza en la capacidad del gobierno para responder a problemas estructurales, porque una oposición dispersa, entretenida en sus pugnas internas, termina dejando sin conducción polÃtica el malestar social que podrÃa convertirse en fuerza de cambio.
El costo de la dispersión
La Fuerza del Pueblo puede aspirar legÃtimamente a consolidarse como principal fuerza opositora, y el PLD puede intentar recuperar el espacio perdido, pero ninguna de esas aspiraciones deberÃa conducirlas a desconocer que el adversario principal, desde la lógica de la lucha por el poder, no está en la organización que comparte parte de su electorado, sino en el partido que controla el gobierno, administra los recursos públicos y procura proyectarse como opción de continuidad más allá de 2028.
De ahà que el desafÃo no consista en borrar diferencias ni decretar una unidad artificial, sino en evitar que la confrontación entre ambas organizaciones se convierta en una trampa polÃtica, porque cuando el potencial aliado es tratado como blanco equivocado, se deteriora la posibilidad de un entendimiento futuro, se profundiza la desconfianza entre sus bases y se reduce el margen para construir una mayorÃa electoral capaz de disputar el poder con eficacia.
Competencia como clave estratégica
En la relación entre el PLD y la Fuerza del Pueblo cobra relevancia un concepto tomado del mundo empresarial: la “coopetencia”, que combina competencia y cooperación. Aunque surge en otro ámbito, ayuda a explicar una dinámica en la que dos actores disputan un mismo espacio, pero reconocen la necesidad de colaborar cuando enfrentan un desafÃo común que los supera por separado.
Trasladado al escenario polÃtico dominicano, el PLD y la Fuerza del Pueblo compiten por conquistar el electorado surgido de la vieja matriz peledeÃsta, hoy repartido entre la identidad morada y la identidad verde, asà como por presentarse como la principal fuerza opositora. Esa competencia es legÃtima y hasta saludable en democracia, pero puede volverse autodestructiva si se transforma en una guerra de desgaste que termine beneficiando al partido gobernante.
La coopetencia ofrece un camino: mantener la identidad propia, preservar los matices de cada organización y, al mismo tiempo, encontrar espacios de coincidencia en lo fundamental. Eso implica construir acuerdos en torno a una agenda mÃnima que devuelva esperanza al electorado y proyecte una alternativa creÃble de poder, porque la población, más que interesada en rivalidades internas, espera madurez polÃtica, sentido de oportunidad y capacidad de colaboración.
No se trata de renunciar a las diferencias ni de decretar una unidad artificial, sino de comprender que el adversario principal no está dentro de la oposición, sino en la administración actual. En ese sentido, la coopetencia podrÃa convertir la lógica de suma cero en una suma necesaria, capaz de ampliar las posibilidades de éxito electoral y responder al reclamo social de unidad frente a un gobierno que muestra señales de desgaste en su popularidad, en su capacidad de gestión y en sus polÃticas sociales y económicas.
En definitiva, el efecto boomerang no solo opera cuando se convierte en vÃctima a quien se ataca de manera reiterada, sino también cuando una fuerza polÃtica dispara contra el blanco equivocado y termina debilitándose a sà misma, con lo que FP y PLD deberÃan comprender que la polÃtica no se mide solo por la intensidad del golpe que se lanza, sino por la claridad con que se identifica al adversario principal y por la inteligencia con que se preservan los puentes hacia quienes mañana podrÃan resultar indispensables.

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