Por: Xavier Carrasco
“El mundo cambió”. La frase se ha vuelto recurrente en boca de geopolíticos y economistas para describir una realidad cada vez más evidente, las guerras del presente ya no se libran únicamente con armas, sino con mercados, financiamiento, energía y control de recursos. Las grandes potencias no solo compiten por territorios, sino por influencia económica, procurando expandir su modelo a la mayor cantidad de naciones posible.
En ese escenario, la economía global funciona como una gran correa de transmisión. Cuando una pieza clave se ve afectada, el impacto no se queda aislado, se propaga. Es el efecto dominó de la globalización. Una crisis en Medio Oriente, una sanción económica o una amenaza bélica no se queda en su punto de origen; termina repercutiendo en países lejanos, incluso en aquellos que no tienen participación directa en el conflicto.
El mercado internacional es particularmente sensible a la incertidumbre. Reacciona más al riesgo que al daño real. Basta con la posibilidad de una escalada de tensiones para que el precio del petróleo se dispare de forma inmediata. No es necesario que se cierre una ruta o que se detenga la producción; el simple temor a que eso ocurra basta para alterar los precios. En regiones estratégicas como el Golfo Pérsico, donde se concentra una parte significativa del suministro energético mundial, cualquier amenaza genera nerviosismo en los mercados.
Uno de los puntos más críticos es el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo global. Si esa vía se ve comprometida como al efecto lo está, el impacto es inmediato; aumento de precios, escasez temporal y una reacción en cadena en toda la economía mundial. Aunque grandes productores pueden intentar compensar aumentando su producción, la respuesta no es instantánea, y la volatilidad se convierte en la norma.
Para la República Dominicana, esta realidad no es un tema lejano ni abstracto. Es una consecuencia directa. Al no ser un país productor de petróleo, nuestra economía depende completamente de las importaciones de combustibles. Esto nos coloca en una posición vulnerable frente a cualquier alteración del mercado internacional.
El primer impacto se siente en los precios de los combustibles: gasolina y gasoil. Ante estas alzas, el gobierno suele intervenir mediante subsidios para amortiguar el golpe, pero esto tiene un costo fiscal significativo. En otras ocasiones, el aumento se transfiere directamente al consumidor, afectando el bolsillo de la población.
Pero el efecto no se detiene ahí. El encarecimiento del combustible arrastra consigo el costo del transporte, lo que a su vez impacta el precio de los alimentos, los bienes y los servicios. La electricidad también se ve afectada, especialmente en un sistema que aún depende en parte de combustibles fósiles.
En este contexto, es importante entender que el alza de los combustibles en la República Dominicana no es un fenómeno aislado ni exclusivo de decisiones internas. Es el reflejo de un sistema global interconectado, donde dependemos de materias primas estratégicas controladas por otros. Es la consecuencia de un mundo convulso, marcado no solo por guerras tradicionales, sino por conflictos económicos que redefinen las reglas del juego.
Y es aquí donde cobra sentido la reflexión que da título a este artículo “Nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”. Nos corresponde asumir nuestra realidad con responsabilidad, entendiendo nuestras limitaciones, pero también reconociendo la necesidad de fortalecer nuestra resiliencia como nación.

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