Por: Xavier Carrasco.
“¡Oh, América infeliz, que solo conoces tus grandes vivos cuando son tus grandes muertos!”
Corría la tarde del 12 de agosto de 1903 cuando Federico Henríquez y Carvajal, en el panegírico pronunciado ante la muerte del gran maestro Eugenio María de Hostos, dejó escapar una frase que no fue simple retórica, fue un grito. Un lamento que atravesó fronteras y épocas, y que aún hoy retumba como una verdad incómoda para nuestros pueblos. No se trató solo de dolor por la pérdida, sino del reproche a una sociedad incapaz de reconocer en vida la grandeza de quienes se entregan por entero al servicio colectivo.
Esa misma frase resulta dolorosamente vigente la tarde del viernes 31 de enero de 2026, tras la muerte del ingeniero Ramón Albuquerque. Y es inevitable adaptarla a nuestra realidad:
“¡Oh, Dominicana infeliz, que solo conoces tus grandes vivos cuando son tus grandes muertos!”
Ramón Albuquerque fue un hombre de ciencia, de política y de historia. Un dominicano que rompió todos los esquemas de la movilidad social, viniendo de los estratos más humildes, pero elevándose por la vía de la formación académica, la disciplina y el compromiso con lo público. Su paso por el Congreso dejó huellas imborrables, los proyectos de ley más trascendentes aprobados en las gestiones en que fue senador llevan su firma intelectual. Grandes transformaciones impulsadas por distintos gobiernos tuvieron, directa o indirectamente, su estampa.
Fue un hombre que entendió la política como servicio y no como botín. Que en momentos cruciales acuñó una frase que lo definía todo, “entre todos, coño”, expresión cruda pero profundamente solidaria, que sintetizaba su visión de país, la lucha a favor de los más vulnerables, sin abdicar jamás de la responsabilidad que impone el cargo público.
Experto en minería, tierras raras, energía y desarrollo estratégico, áreas neurálgicas para el presente y el futuro nacional, no pudo servirle al país en la etapa final de su vida. Paradójicamente, en un gobierno que ha tenido como uno de sus talones de Aquiles el tema energético, se mantuvo al margen a un hombre cuya capacidad técnica y visión habrían marcado la diferencia. Nunca llegó el decreto que quizá esperó o que el país necesitaba para poner su experiencia al servicio de la nación.
El decreto que sí llegó fue otro, el que declaró duelo nacional el primero de febrero, para honrar su muerte. Las razones políticas podrán discutirse; las humanas, tal vez no. Pero la historia, implacable y serena, terminará colocando a cada quien en su justo lugar.
Y entonces, una vez más, como hace más de un siglo, la frase vuelve a cobrar sentido, no como homenaje, sino como advertencia:
“¡Oh, América infeliz y hoy, Dominicana infeliz que solo sabes honrar a tus grandes cuando ya no pueden servirte!”
Los pueblos que solo reconocen a sus mejores hombres cuando ya están en el silencio de la tumba, están condenados a repetir la mediocridad en voz alta.

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