Santiago Matias y la democracia

 POR STILL PEREZ


Santiago Matías no me representa. No se parece a mí en muchas cosas ni necesariamente valora lo que yo valoro.

Pero su aparición en la política merece ser entendida.

En otros países, el desencanto con los partidos tradicionales ha producido un fenómeno conocido como antipolítica. En República Dominicana también hay señales: una alta abstención, un voto que muchas veces se mueve por prebendas y una creciente desconfianza hacia la clase política.

Nuestra clase política tiene luces y sombras. Hay corrupción que debemos sanear, pero también ha mantenido una estabilidad que no podemos despreciar.

Y hay una paradoja: el propio Santiago Matías es, en buena medida, producto de las oportunidades que este país le ha brindado.

Aquí pudo convertirse en empresario, construir patrimonio, expresarse públicamente con enorme libertad y desarrollar su proyecto sin vivir bajo un régimen que le impida decir lo que piensa o le confisque sus bienes.

Y no es un caso aislado. Venezolanos, haitianos, cubanos, colombianos y ciudadanos de otros países han venido a República Dominicana buscando estabilidad, seguridad y oportunidades.

Eso no significa que todo esté bien. Significa que tampoco estamos ante un país fracasado ni ante una decepción absoluta de nuestra democracia.

Por eso, no creo que debamos entregar el país a cualquier aventurero.
Pero tampoco creo que debamos impedirle a nadie competir democráticamente.

Que participe. Que proponga. Que se someta al escrutinio. Y que el pueblo decida.

Porque cerrar “a la mala” las puertas a un candidato puede convertirlo en víctima.

Y en política, ser víctima puede ser el mejor negocio.

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