Cuando el “Na’ e’ na” se vuelve ley y el “To’ e’ to’” se hace norma

Por: Xavier Carrasco


Los principales medios de comunicación nacionales se hicieron eco este jueves de un hecho alarmante, un maestro denunció ante la Fiscalía de Niños, Niñas y Adolescentes de Villa Juana haber sido agredido por varios estudiantes en el Liceo Juan Pablo Duarte, en un suceso ocurrido pasadas las siete de la mañana.

El docente, identificado como Naony Anderson Solano, formalizó su denuncia luego de que, según su relato, mientras se encontraba sentado en un pasillo planificando en un registro, uno de los estudiantes tomara un zafacón y le lanzara los desechos al rostro. El centro educativo está ubicado en el Distrito Nacional.

El joven fue detenido por las autoridades policiales. Sin embargo, lo más preocupante no fue solo la agresión, sino la reacción posterior de su entorno familiar. Una hermana declaró que el niño “tiene su carácter, pero es bueno”. Esa frase, aparentemente inofensiva, encierra el drama cultural que vivimos, es malcriado, pero es bueno; es irrespetuoso, pero es bueno; agrede, pero es bueno. Justificamos la falta y suavizamos la consecuencia. Ahí comienza el problema.

Estamos frente a una generación que ha crecido bajo el paradigma del “Na’ e’ na’” y el “To’ e’ to’”: nada tiene consecuencias y todo se permite. El maestro dejó de ser el segundo padre; la escuela dejó de ser el segundo hogar. La autoridad fue sustituida por la complacencia, y el deber por el capricho.

¿Estamos criando una generación de inútiles?

La pregunta incomoda, pero es necesaria.

Hay que llamarles varias veces en la mañana para que vayan al colegio. Se acuestan tarde conectados al teléfono o a la Internet. No asumen responsabilidades en el hogar. Idolatran a sus amigos y responsabilizan a sus padres de todos sus traumas. No admiten corrección porque “ya lo saben todo”.

Si contrastamos esa realidad con generaciones nacidas antes de los  años noventa. Muchos se levantaban de madrugada a ordeñar vacas, limpiaban la casa, lustraban sus zapatos, trabajaban desde temprana edad. No era romanticismo; era formación en responsabilidad. Aprendieron el valor del esfuerzo viendo el sacrificio de sus padres, no siendo protegidos de él.

Pero existe una generación, con la mejor de las intenciones, que construyó un discurso que hoy muestra sus grietas:

“Yo no quiero que mi hijo pase los trabajos que yo pasé”.

Pero olvidamos que fue precisamente el trabajo el que les dio carácter. Que fue la escasez la que les enseñó a valorar. Que fue el sacrificio el que los hizo fuertes.

En nombre del amor han evitado el esfuerzo; en nombre del progreso han evitado la disciplina; en nombre de la comprensión han justificado la falta. Y así acostumbraron a sus hijos a recibir todo como obligación, no como resultado.

Existió una generación que pedía permiso a los padres; hoy vemos padres que piden permiso a los hijos.

Estamos obligados a revisar los resultados. ¿Fueron demasiado permisivos? ¿Han delegado la formación en terceros mientras intentan compensar con bienes materiales su ausencia? ¿Estan confundiendo cariño con permisividad?

Cuando la falta de consecuencias se normaliza, el “Na’ e’ na’” se convierte en ley no escrita; y cuando todo se justifica, el “To’ e’ to’” termina siendo la norma social.

Y una sociedad que renuncia a formar carácter, termina criando ciudadanos incapaces de sostenerla.

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